El debate sobre los salarios mínimos

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Lunes, 04 de agosto de 2014

El debate sobre los salarios mínimos ha tenido un repunte en México, a partir de distintas iniciativas y opiniones que se han vertido a la opinión pública, en particular desde la clase política.

El sector empresarial participará en la discusión con apertura a todas las voces e ideas, pero también con claridad en nuestras posturas, y sobre todo, con absoluta responsabilidad y congruencia con el hecho de ser una de las partes del dispositivo institucional que tenemos en el país para fijar los salarios mínimos, bajo lo previsto en el Artículo 123 Constitucional, basado en la negociación tripartita: trabajadores, empleadores y gobierno.

Bienvenido el debate objetivo; que no se contamine con fines políticos, ni se oriente por posiciones populistas, que en México, en fechas no tan lejanas, acabaron golpeando gravemente al poder adquisitivo de los trabajadores y a la economía en general.

Es evidente que todos queremos, y en particular los empresarios, que haya una economía que permita aumentar de manera progresiva los salarios, con mayor poder adquisitivo real, que es lo que más importa. Lo suficiente como para que los trabajadores, de todas las condiciones, puedan acceder a mejores niveles de vida y a un entorno de mayor movilidad social, con un mercado interno más dinámico y, con él, más ventas y oportunidades para el desarrollo y la multiplicación de las empresas.

Necesitamos pasar de un círculo de mercado interno débil y bajos ingresos en una parte sustancial de la población, a uno en que ambos factores se impulsen mutuamente al alza, pero esto sólo puede darse a partir de fundamentos sólidos; no por decreto.

Lo peor que podríamos hacer es regresar a políticas como las que se implementaron durante el sexenio 76-82, cuando se decretaron aumentos del 10, 20 y 30 por ciento en un año. Junto con otras acciones de alquimia económica, que pretendían esquivar la lógica de los mercados, sólo se logró un crecimiento efímero, que a la postre derivó en crisis y dolorosos ajustes para afrontarlas.

Todo ello está detrás de la pérdida del poder adquisitivo de más del 76% que sufrieron los salarios mínimos de 1976 a principios de los años 2000, cuando se marcó un punto de inflexión para parar ese deterioro.

De hecho, es la estabilidad económica y la responsabilidad en las negociaciones tripartitas lo que ha permitido que el salario mínimo real haya empezado a recuperarse, si bien de forma incipiente e insuficiente. Medido por la Paridad de Poder de Compra, la cual registró un crecimiento promedio anual de apenas 0.09% en el periodo 2000-2013, mientras que en países como Corea del Sur fue de 5.3 por ciento.

Lo que ha faltado no son nuevos decretos. Los dos ingredientes fundamentales para un incremento como el que necesitamos, y sobre bases sustentables, son precisamente la estabilidad macroeconómica, que no debemos perder, y el elemento que ha faltado: crecimiento sostenido.

Este es el motor que tenemos que detonar, como prioridad estratégica, para que todos ganemos.

Hay que potencializar la capacidad de nuestra economía para que la demanda de mano de obra crezca más rápido que la oferta, reduciendo la brecha que ha presionado a la baja las remuneraciones. Si aumenta la inversión, ésta incidirá en más y mejores empleos. Así, crecerá el ingreso distribuible, y con ello, el mercado interno.

El otro componente fundamental es la productividad. En las últimas tres décadas, el bajo crecimiento del PIB Per Cápita, de 0.6% anual en promedio, está en línea con un claro estancamiento de la productividad.

En un comparativo de la evolución reciente de la productividad laboral y el crecimiento de los salarios en América Latina, se advierte una correlación directa entre estos factores. En un periodo de siete años, en países como Uruguay, Perú y Brasil, la productividad laboral se incrementó por arriba del 2%, y el salario mínimo real en niveles similares o superiores. En México, la productividad bajó, con todo y una leve recuperación del poder adquisitivo del salario mínimo.

Existe un gran diferencial entre la productividad de compañías ligadas al sector moderno y que se han integrado a la economía global, versus la gran mayoría de empresas tradicionales, donde se ubica la mayor parte de los empleos. Mientras que la productividad de las primeras ha crecido al 6% anual en lo que va del siglo, el de las segundas ha estado cayendo en la misma proporción; el de otras organizaciones de tamaño mediano, el crecimiento es del 1 por ciento anual.

Este balance no ha permitido un crecimiento sólido de las remuneraciones en sectores rezagados. Estabilidad de precios, pero con más inversión y productividad, son los elementos que deben estar presentes en toda discusión y negociación sobre salarios mínimos.

Al contrario, los incrementos por arriba de la inflación esperada y que no estén sustentados en una mayor productividad, pueden tener un impacto totalmente contraproducente.

Al margen de ello, es preciso reconocer que la fijación de los salarios mínimos se ha complicado, porque desde su inicio se han utilizado como indicador económico, unidad de medida o referencia en más de 300 leyes, reglamentos, circulares, disposiciones de carácter federal, y muchas otras de carácter estatal.

Las variaciones en los mínimos son referencia para negociaciones de contratos colectivos e individuales en todo el país, pero también impactan, por ejemplo, la cotización de los patrones al IMSS, pagos de primas de antigüedad, determinación de pensiones del Estado, recursos que se dan los partidos políticos, multas y sanciones y cuotas al INFONAVIT.

Estamos de acuerdo en que debemos desvincular el salario mínimo de las demás legislaciones, pero para ello, como país, debemos hacer todo un estudio integral, para luego determinar otras unidades de cuenta o indicadores para cada materia o concepto.

Por el contrario, tenemos la convicción de que la política de fijación de salarios mínimos, que se lleva a cabo a través de una Comisión Nacional, cuyo Consejo deriva de procesos de votación en los sectores obrero y patronal, ha favorecido la estabilidad económica y laboral del país, y debe seguir haciéndolo.

El salario mínimo en el mercado, que pagan las empresas formales, está muy por encima del salario mínimo legal, con un promedio de cotización en el IMSS de tres veces el Salario Mínimo General.

Desde luego, los empresarios queremos que aumenten los ingresos de todos los trabajadores, pero no reviviendo medidas populistas, que pondrían en riesgo fuentes de trabajo formales y que acaban siendo regresivas para los sectores más vulnerables.

Mucho menos podemos pensar en una política así, en un año donde el país sólo crecerá al 2.5 por ciento. Lo prioritario es redoblar el compromiso con el crecimiento económico sostenible, consolidando las condiciones para que México se afiance en ese camino y desarrolle todo su potencial.

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