Sí a las reformas, no al populismo

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El populismo siempre busca oportunidades para avanzar en tiempos de incertidumbre, como los que hoy se viven en el mundo y en México, con sus caudillos y grupos radicales que venden o quieren imponer una visión simplista y maniquea de la realidad.

La demagogia, con toda su capacidad destructiva, es un riesgo latente en nuestro país, sobre todo cuando se acumulan problemas, y más aún si, como ocurre actualmente, tienen lugar procesos de cambio y reformas de fondo que remueven estructuras y paradigmas, inercias e intereses arraigados.

Son innegables los desafíos que enfrentamos como nación en materia de pobreza y marginación, de desigualdad, injusticias, corrupción, abusos y violencia; todo ello, materia de justa inconformidad y de reclamos legítimos.

En estos contextos nunca faltan personajes o agrupaciones que ofrecen sus soluciones simplificadas para arreglar cuestiones complejas; que deforman la profundidad de los problemas al reducirlos a cuestiones de los «buenos» y los «malos». Más aún, suelen aprovechar la ocasión, con total oportunismo, para lucrar políticamente con el conflicto, que no buscan atenuar o resolver, sino radicalizar.

Así lo hemos visto con la implementación de la reforma educativa, y en particular en el caso de Oaxaca. A fin de cuentas, esa es la naturaleza de la demagogia: más que soluciones a las necesidades de la sociedad, persiguen el poder o la consecución de proyectos personales o de grupos.

Por eso, los populistas, sin importar su ideología –de derecha o izquierda- no resuelven los problemas que denuncian; al contrario, los acrecientan, porque por lo general se aprovechan de éstos e inclusive les conviene que persistan. La pobreza o el conflicto social son su modus vivendi. De no existir, no tendrían atractivo sus promesas y fórmulas, con las que ofrecen cambiar las realidades más complicadas como por arte de magia.

En los últimos 60 años, la experiencia en el mundo, Latinoamérica, incluyendo a México, demuestra cómo la demagogia exacerba los problemas: Abandera el combate a la pobreza, pero invariablemente genera fenómenos como escasez, inflación, endeudamiento público explosivo y declinación de la actividad productiva, todo lo cual deriva en un mayor número de pobres.

Se posiciona con un discurso radical, de culpables y víctimas, de rechazo al acuerdo, pero, al final, termina imponiendo o se ve en la necesidad de aceptar condiciones más duras para la sociedad que las que pudieron implementarse antes. En parte, fue lo que ocurrió en Grecia.

En México, camarillas magisteriales como las que operan en la CNTE afirman que luchan por una mejor educación, pero con su actuar, por décadas han dejado sin clases, durante meses en cada ciclo escolar, a millones de niños y jóvenes. Dicen que se preocupan por el bienestar y el desarrollo de los docentes, pero quienes realmente prosperan son líderes gremiales y gestores políticos, más que los profesores que se esfuerzan en su trabajo en las aulas y en su desarrollo profesional.

Cuando por fin se presentan acciones serias e institucionales para poner un alto a esta situación, surgen voces a favor de la polarización y el sostenimiento de esas distorsiones. Con fines manifiestamente políticos, inclusive proponen alianzas electorales con quienes buscan perpetuar anacronismos y abusos.

La misma actitud contradictoria se manifiesta en la relación que tienen los populistas de hoy con la democracia y con su rechazo abierto o tácito de las instituciones del Estado de derecho y la República.

Utilizan los mecanismos, las reglas y los recursos que ofrecen esas instituciones de la democracia para el juego político, pero al mismo tiempo las desacreditan y las minan con su comportamiento político y electoral, más aún cuando los resultados no les son afines.

Como se ha visto en varios países, la demagogia, sin importar el signo ideológico del que se trate, puede llegar al poder por la vía democrática, para proceder a desmantelar las instituciones republicanas y sustituirlas por asambleas populares o el autoritarismo. Los líderes populistas no creen en las instituciones, sino en su capacidad como líderes carismáticos.

La democracia distorsionada del populismo suele ser la del caudillo o la facción que se asume como intérprete y voz de la colectividad o de las mayorías, encubriendo su vena autoritaria, lo que puede acabar de facto con la democracia.

Por eso piensan que por su sola interpretación y voluntad pueden, por ejemplo, negar la legitimidad de las reformas que cuentan con un aval constitucional, aprobadas por quienes fungen como representantes populares por medio del voto ciudadano.

Utilizando los mismos criterios simplistas y sin sustento con que prometen soluciones de efecto inmediato, se pretende hacer juicios sumarios de reformas estructurales cuyo cometido es sentar bases sólidas para un desarrollo de largo plazo. Se reclaman resultados rápidos a cambios que enfrentan inercias de décadas.

Ante los retos que hoy enfrenta México, rechacemos la tentación populista, de pensar que los desafíos de los mexicanos pueden ser superados por el simple voluntarismo. No hay soluciones mágicas o fáciles; tenemos que invertir en nuestro futuro, con responsabilidad y mucho trabajo.

La solución a la pobreza y al crecimiento insuficiente, está justamente en sentar bases sólidas para el desarrollo sostenible y sustentable.

Lo mismo radica en generar mejores condiciones para que aumenten la inversión, la productividad, y el empleo como se busca con la reforma energética y con las propuestas que hacemos desde el sector empresarial para reactivar el mercado interno, así como asegurar una educación de calidad para todos los mexicanos, que es el mejor igualador que podemos tener, que nos ayude a agilizar la movilidad social, sobre todo en los estados con mayor marginación, como son los del sureste.

La solución a los problemas de inseguridad pública, corrupción e impunidad, depende del compromiso que tengamos y el avance que logremos en el reto de fortalecer las instituciones del Estado de derecho y de la democracia; y no con que esté en el poder una agrupación política u otra. Necesitamos una sociedad, más equilibrada, más propositiva, pero también mucho más exigente.

Más que populismo y confrontación política y social, lo que necesitamos en México son mejores policías, procuradurías y aparatos de justicia; mejores escuelas y oportunidades de desarrollo para los maestros; un sector productivo más competitivo y dinámico, con más empresas, y más y mejores empleos.

También, mejores gobiernos, que ejerzan sus obligaciones y manejen el gasto público con eficiencia, transparencia y rendición de cuentas.

La vacuna contra los riesgos del populismo está precisamente en el compromiso con reformar a fondo al país, por la vía del desarrollo económico sostenible y sustentable, y de las instituciones del Estado mexicano.

Para esto nuestra participación y compromiso, de toda la sociedad mexicana, es fundamental.

 

 

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