Prudencia y proactividad ante la incertidumbre económica

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La volatilidad e incertidumbre en los mercados financieros internacionales no ceden; al contrario, tienden a agudizarse y es altamente probable que se recrudezcan en las próximas semanas, conforme se acerca la reunión de la Fed del 16 de septiembre.

Se anticipa que septiembre será un mes de mucho movimiento y especulación financiera a nivel global; más aún, cuando a los frentes abiertos, como la política monetaria de Estados Unidos y la situación en Grecia, se agregan factores que hacen más complejo y desalentador el escenario de corto plazo.

Es el caso de la situación en China, al confirmarse, con la devaluación del yuan, que su desaceleración y debilidad económica son más graves de lo que se pensaba, con todo lo que ello implica para el resto del mundo.

El impacto para México puede venir por un menor crecimiento del comercio internacional, así como más competencia por los mercados, con una mayor agresividad y capacidad de penetración de las exportaciones chinas.

Por otro lado ha aumentado la gravitación a la baja en los precios del petróleo y la producción, derivada de las menores expectativas de crecimiento mundial y los acuerdos geopolíticos en los que participará Irán.

Todo ello proyecta que la situación actual en el mercado del crudo se prolongará cuando menos hacia el 2017, según las cotizaciones de futuros que hoy se negocian.

Dicho proceso se suma al declive de la producción petrolera, con los efectos previsibles para las finanzas públicas, sobre todo hacia el año que viene, cuando ya no tendremos acceso a coberturas en condiciones favorables. Por supuesto, la caída de los ingresos petroleros también incide en el tipo de cambio.

Con este entorno, el escenario económico para este segundo semestre y en particular hacia el 2016 se está complicando. No extraña que las autoridades del Banco de México bajaran sus expectativas de crecimiento para el país en casi medio punto respecto a la estimación previa, tomando en cuenta la media de los rangos.

No está en manos de México cambiar la circunstancia de incertidumbre internacional, así que la prudencia y la responsabilidad se imponen. Esto implica no caer en juicios precipitados y menos aún tomar medidas que pudieran ser contraproducentes.

En todos los sectores, gobierno e iniciativa privada, es fundamental no perder la calma y el sentido de proporción; necesitamos mantener una visión clara y realista del momento, con el debido balance de los factores estructurales.

Debemos partir de un hecho claro: lo que estamos viviendo como coyuntura, en particular la fuerte depreciación de la moneda, ocurre también en la mayoría de las economías emergentes. Más temprano que tarde deberán despejarse disyuntivas fundamentales, como las decisiones pendientes en Estados Unidos que determinarán si suben o no las tasas de interés.

Sería un error estratégico responder a un problema de contingencia con acciones precipitadas de incidencia estructural. Con acciones tales como aumentos anticipados en tasas de interés o cambios abruptos en los procesos cambiarios, podríamos acabar logrando poco en lo inmediato y, en cambio, generar efectos colaterales adversos.

No hay que perder de vista que el modelo de libre cambio de divisas está cumpliendo con su papel, de absorber con flexibilidad y fluidez los choques externos. Es inevitable que se presente una presión en los precios, pero recordemos episodios como el de la crisis de 2008-2009: una depreciación más rápida e importante de nuestra moneda no se tradujo en un aumento sustantivo de la inflación, y se recuperó la estabilidad del mercado cambiario.

Por otra parte, los exportadores tienen una ventaja como la que está buscando China con su devaluación.

Más importante aún, evitemos medidas que pudieran frenar o destruir la incipiente reactivación que empieza a observarse en algunos indicadores claves del mercado interno.

Si bien se trata de una recuperación muy tenue y que aún debe consolidarse, sería un despropósito debilitarla; al contrario, hay que fortalecerla. Es en el mercado interno donde reside el motor que urge acelerar en México.

Las ventas de las tiendas departamentales y de autoservicio crecieron casi 8% en julio en términos reales, y con ello se acumula un promedio anual para los primeros siete meses del año de más de 6%, muy por arriba del 1.1 por ciento del mismo periodo en el año pasado. Los últimos datos del INEGI sobre ventas minoristas son coincidentes: éstas han crecido cerca de 5%, el doble que el año previo.

En el mismo sentido, en lo que va del año, la comercialización interna de automóviles acumula un crecimiento superior a 21% como promedio anual, 3.5 veces por encima del balance en el mismo lapso del 2014. Lo que tenemos que hacer es estimular a otros sectores para que también aceleren el paso, como es el caso de la construcción, que no mantuvo el dinamismo que empezó a tener en el 2014.

En lo general, México asiste a este entorno de inestabilidad financiera global con fortalezas importantes en términos macroeconómicos, a diferencia de muchos otros países que enfrentan problemas como una alta dependencia respecto a materias primas o finanzas públicas muy vulnerables.

Además, tenemos opciones viables para impulsar un mayor crecimiento: Con una perspectiva de mayor plazo, contamos con el enorme potencial de las reformas; en lo inmediato, podemos avanzar en el gran reto de hacer que despegue el mercado interno.

La estabilidad es prioritaria. Confiamos en que la Junta de Gobierno del Banco de México estará, como siempre lo ha estado, a la altura de su alta responsabilidad, para cumplir con su obligación constitucional de cuidar el poder adquisitivo de nuestra moneda.

En cuanto a la política fiscal, aun cuando se ha logrado ir aligerando la dependencia respecto al petróleo, es muy probable que se requerirá un mayor ajuste presupuestal, y en este punto, los eventuales recortes deben recaer en gasto corriente redundante, programas inefectivos o no prioritarios, y no en la inversión. El ejercicio de base cero tiene que hacer énfasis en este objetivo. Una actuación responsable de las autoridades hacendarias conforme a estos parámetros dará mayores elementos de confianza a los mercados y a los inversionistas.

Desde luego, el equilibrio macroeconómico no es suficiente; de hecho, su principal vulnerabilidad reside en el crecimiento inercial e insuficiente que mantenemos desde hace décadas. Necesitamos generar condiciones para dinamizar la inversión, el crecimiento y el empleo, y existen alternativas viables para hacerlo, que esperamos se tomen en cuenta oportunamente, ante la construcción del paquete económico para 2016.

Estamos trabajando con las autoridades hacendarias para encontrar, de manera conjunta, las mejores opciones, y confiamos en que habrá ajustes que tengan un impacto positivo en la economía y en las familias mexicanas.

 

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