Perspectivas para México en el 2016

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Tomando en cuenta el entorno de inestabilidad en la economía mundial, con la incertidumbre y las expectativas de crecimiento moderado que se perfilan, las perspectivas para México en el 2016 son relativamente favorables en términos comparativos.

No es consuelo porque el escenario es bastante complejo, con retos como una reducción sustantiva de los ingresos del sector público. Además, los pronósticos de crecimiento han seguido descendiendo, desde las últimas previsiones que se plasmaron en el Paquete Económico 2016, y por tanto nos alejamos aún más de las tasas que necesitamos.

Sin embargo, en la misma medida nos distanciamos de la gravedad de la problemática que enfrentan muchos otros países, algunos de los cuales ya han caído en recesión o tienen amenazas serias de verse incapacitados de hacer frente a sus compromisos financieros.

En México, en 2016, se conservará en lo fundamental la estabilidad macroeconómica y habrá crecimiento: alrededor de 2.3% este año y cercano al 3 o 3.5% en 2016, con la inflación bajo control, en niveles históricamente bajos, los cuales ya inciden para que se dé una recuperación del poder adquisitivo en sectores importantes de nuestra población.

Es importante tener una visión clara del contexto, para situar con objetividad la circunstancia de la economía mexicana. Para ello, ayuda repasar las últimas proyecciones económicas globales del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que se dieron a conocer la semana pasada, en el marco de su reunión anual, en Lima.

El escenario que se esboza definitivamente no es alentador. Entre los factores que más han presionado a la baja los pronósticos destacan la desaceleración en China y la baja en los precios de las materias primas. De cualquier modo, el crecimiento del mundo ya está en su menor nivel desde 2009, cuando cundió la recesión en muchos países.

En cuanto a los riesgos, además de un eventual agravamiento en los ya referidos, existe el temor respecto a una mayor volatilidad de los mercados financieros y aumentos en el costo del dinero, los cuales podrían afectar de manera importante las finanzas de países o empresas con deudas en dólares. México no está exento de los efectos. Asimismo, resaltan las tensiones y conflictos que hay en lugares como el Medio Oriente y Ucrania.

Una diferencia fundamental entre la situación de hace seis años y la actual es que ahora son los países emergentes los que presentan mayor debilidad.

Los pronósticos son particularmente difíciles para la región latinoamericana. De hecho, según las expectativas del FMI, en 2015 cerraría con una contracción de 0.3% y para el 2016 apenas lograría un crecimiento de 0.8 por ciento. La recesión que hoy en día viven países como Brasil y Venezuela puede profundizarse, y junto con ello, su vulnerabilidad.

Desde hace varios años, México ha tomado decisiones y ha hecho inversiones en el sentido correcto en varias áreas. Ha tenido suficiente continuidad y constancia en esa línea. Hoy, todo esto nos reditúa con una mejor posición ante una nueva etapa de inestabilidad.

Es el caso del cuidado de los equilibrios fundamentales para la macroeconomía, con disciplina en las finanzas públicas y la política monetaria. Las reformas estructurales de los últimos años también han confirmado la determinación de México de seguir por el camino de la sensatez, la transformación y la modernización económica.

A nuestro favor, cuenta mucho la integración intensiva a los ciclos de la economía global, con nuestra red de tratados comerciales que nos protegen de escenarios de proteccionismo y amplían nuestros mercados. Hoy exportamos más manufacturas que todos los demás países de la región juntos. La crisis de las materias primas no es para nosotros un problema como el que enfrenta, por ejemplo, Brasil.

La conclusión de las negociaciones del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP), en Atlanta, es una buena noticia para nosotros: siguen incrementándose las ventajas y las oportunidades para nuestro país por esa vía.

A todo ello hay que sumar el crecimiento esperado en Estados Unidos, nuestra carta más fuerte para un mayor dinamismo en el 2016, así como hecho de que nuestro mercado interno presenta signos de cierta mejoría. El crecimiento del empleo formal ronda el 4.5% anual y el del salario real, casi al 2% en términos reales.

Un factor clave es tener un paquete económico congruente con las circunstancias internacionales y nacionales. Por una parte, prudencia fiscal, austeridad, que se cuiden los recursos públicos; que realmente se les asigne bajo los criterios de eficiencia, transparencia y rendición de cuentas. Por el otro lado, no podemos desaprovechar las opciones viables que tenemos para impulsar la inversión, el empleo formal y el crecimiento.

Vemos buenas perspectivas para que se tomen en cuenta las propuestas que estamos haciendo en el Congreso de la Unión, a fin de lograr el mejor paquete de medidas tributarias pro-crecimiento posible. Se trata de ayudar a que se consolide el proceso de reactivación del mercado interno. En todas las fracciones políticas hay coincidencia sobre esta gran necesidad perentoria y de que existe margen de maniobra.

Confiamos en que los legisladores serán sensibles a la situación que enfrentan las familias y las empresas, y que actuarán de manera coherente al respecto.

En adelante, subsiste el gran desafío: acceder a una dinámica sostenida de tasas de crecimiento superiores al 5% anual. Estamos seguros de que podemos conseguirlo en un mediano plazo, pero siempre y cuando hagamos las tareas que siguen pendientes.

No basta con capitalizar nuestras fortalezas y aprovechar que las miradas internacionales voltearán más hacia México, por encima de otras naciones emergentes en dificultades.

Es preciso completar, en tiempo y forma, la implementación de las reformas y, desde luego, apuntalar las condiciones necesarias para un crecimiento sostenido e incluyente.

En la agenda hay dos componentes fundamentales en los que es indispensable avanzar con mayor contundencia: confianza y fortalecimiento institucional del Estado de derecho.

Así se corroboró en el último índice de competitividad del Foro Económico Mundial: subimos cuatro lugares, pero pudo haber sido más, de no ser por las persistentes calificaciones bajas en el pilar de instituciones y en los distintos temas de Estado de derecho.

En esos dos factores estrechamente interrelacionados radica nuestro talón de Aquiles, la causa de la gran distancia que hay entre un balance objetivo de los datos duros de nuestra economía y la marcha del país frente a la percepción más pesimista que prevalece en una parte importante de la población. Es tiempo de emprender a fondo esta reforma siempre postergada en México.

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