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SEMANA EN POLÍTICA (semanal) Informe semanal de los acontecimientos políticos del país y del resto del mundo, analizado y comentado por el CEESP. (disponible en INGLES / ENGLISH VERSION AVAILABLE)

 

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27 de junio de 2007  

 

ENTORNO                                       

 

Finalmente, fue celebrada en la ciudad de León, Guanajuato, la XX Asamblea Nacional del Partido Acción Nacional (PAN). Ahí, en una de las regiones más albiazules del país, casi 10 mil panistas eligieron su nuevo Consejo Nacional, mismo que tendrá la responsabilidad de nombrar en marzo de 2008 a su futuro líder nacional.

En cifras, el 65 por ciento de los consejeros elegidos pertenecen al bloque cercano al presidente Felipe Calderón; el restante 35 por ciento corresponde a quienes son próximos al actual líder nacional, Manuel Espino. De los 150 consejeros elegidos, aproximadamente 120 son afines a Calderón. Tres bloques de poder, un solo resultado: el fiel de la balanza, la alianza con Santiago Creel y Alberto Cárdenas.

Pero las cifras no son sólo eso, números; son el reflejo de un rosario de desavenencias internas, de complicaciones y malos entendidos entre las cabezas del partido. Hay que decirlo, en el PAN, la militancia ordenó, y su decisión es ahora mandato democrático. Es reflejo de que para los panistas la anterior administración gubernamental resultó ser incómoda, desagradable y, sobre todo, desilusionante. Y es que varias figuras del foxismo quedaron fuera del órgano colegiado: Pedro Cerisola, Cármen Segura, Francisco Gárate y Rubén Mendoza Ayala, estos dos últimos figuras del panismo mexiquense. Claro, otros sí pudieron colocarse: Francisco Xavier Salazar y Luis Ernesto Derbéz.

En contraposición a los espinistas, los afines al presidente de la República alcanzaron los primeros lugares: José Antonio Gloria Morales, José Gonzáles Morfín, Rogelio Carvajal, y el secretario particular del presidente Calderón, César Nava, quien por su resultado (elegido por 5900 delegados) se perfila como el principal aspirante a ocupar la Presidencia nacional en 2008, disputada tal vez por otro calderonista, Germán Martínez, y demás panistas que decidan inscribirse. 

Así, la Asamblea Nacional transcurrió con normalidad democrática, con pocos deslices, uno de ellos, la rechifla para el líder Manuel Espino, quien sólo pudo decir: “Lo que he dicho es que no estoy pensando en la reelección, porque tengo responsabilidades que atender. Ya llegará el tiempo en que eso sea motivo de reflexión personal…, nunca he dicho que no voy, tampoco he dicho que voy, simplemente hay tiempos que hay que respetar y en su momento lo decidiremos”. Y a los que piden su renuncia, responde: “No les daré el gusto, hay procedimientos en el partido y los voy a aplicar”.

Sí, los panistas han pasado factura a sus dirigentes. Las denuncias sobre intromisión de funcionarios federales en el proceso de renovación del Consejo Nacional, así como el pésimo resultado en el proceso electoral de Yucatán calaron muy hondo.  La ropa sucia se lava en casa, y sean ciertas o no dichas acusaciones, la militancia entiende que el PAN es un órgano que resuelve sus conflictos al interior, no en los medios de comunicación. Esa es la tónica del partido, aunque pocos lo entendieron oportunamente.

Pocos entendieron que un partido político que ocupa y se ocupa de ser gobierno no debiera enfrascarse en una dinámica interna de lucha por el poder, tal y como se dio desde hace algunos meses en el PAN. Con razón, la disputa por el poder en un instituto político de grandes dimensiones es y será siempre un proceso que encone a los contendientes; eso es normal, es democrático. Sin embargo, lo que desentona es la proclividad a deshacerse de los principios que dan sustento al partido, que lo forman y definen, con los cuales se hace de un lugar en el sistema de partidos. Pero sobre todo, la insistente particularidad de extrapolar los conflictos internos de partido a una agenda nacional, al ejercicio del poder gubernamental, al bien común. Al PAN le sucedió, perdió las formas propias de un órgano colegiado, plural, incluyente; cuando ello sucede, el resultado no puede ser otro que la recuperación del orden ya sea por la vía democrática o por la vía de la imposición.

 

Afortunadamente para el PAN, la vía democrática define su futuro. ¿Para bien o para mal?… el tiempo lo dirá…

Pero la lección fue desatendida, en octubre del 2005, el entonces candidato Felipe Calderón, por su fuerza e historia dentro del instituto, y su conocimiento de los militantes y adherentes albiazules, ganó el proceso de elección interna de la candidatura a la Presidencia de la República. Entonces, a Calderón muchos panistas lo vieron como el candidato capaz de reivindicar la pureza de Acción Nacional; para promover la incorporación al gobierno de personajes formados en “la mística de exigencia y servicio”, y evitar que continuaran priístas en el gobierno. Hoy la misma dinámica fue aplicada al Consejo Nacional y volvió a funcionar.

El mensaje de las bases panistas ha sido contundente: no ser más un partido que juegue en el lado de la oposición; por el contrario, un partido que accione, no que reaccione; la sociedad y el sistema político así se lo exige, y es imperativo que atienda si quiere subsistir. Ser un partido que vaya en sintonía con ser gobierno, sin que ello signifique sumisión al poder Ejecutivo, como en los tiempos del priato. Todo partido debe tener principios, los gobiernos son emanados del voto popular, los electores votan por candidatos y plataformas, todo es una maquinaria democrática que debe funcionar bien.

Y en términos de cooperación política, más que de posiciones partidistas, esta nueva recomposición del PAN aporta visos de garantía para la gobernabilidad, para el consenso, para la unificación partido-gobierno y su relación con las fuerzas opositoras. Porque aunque Calderón es un panista doctrinario, de principios y sangre azul, también es un militante moderado, corrido más al centro-derecha y con formación tecnócrata, lo que le da cierta ventaja ante los pendulares extremismos ideológicos y prácticos por conveniencia del PRI y el PRD.

Así, definido el nuevo Consejo Político Nacional, el Partido Acción Nacional se recompone como instituto político y como partido en el gobierno, para intentar convertirse en un partido político capaz de asumir no sólo sus causas más profundas, sino que presente opciones viables y sensatas que permitan aliviar la realidad que se vive en un México seriamente agraviado por inercias del pasado nacional que amenazan con fortalecerse

 

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